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Georg Cantor y el infinito

27 mayo 2009
Cantor revolucionó las bases de la matemática tradicional al crear la teoría de conjuntos.
Esta teoría hoy se considera tan fundamental que raya en lo obvio, pero cuando lo introdujo fue polémico y revolucionario.
No hay teoría matemática que no se apoye en la teoría de los conjuntos. Es inclusive una materia obligatoria de niños de primaria antes de entrar de lleno a las operaciones y la aritmética.
Cantor fue tachado de hereje, loco y digno de no ser escuchado (lo que le trajo problemas depresivos y crisis nerviosas muy serias), sin embargo él tenía la convicción de que estaba descubriendo algo muy importante y dedicó toda su vida y sacrificios a ello.
El elemento de controversia se centró en el problema de si el infinito puede alcanzarse.
Antes de Cantor, la opinión general era que el infinito como una realidad no tenía sentido, sólo se podría hablar de una variable cada vez mayor sin que la variable llegara al infinito.
Es decir, se consideró que n → ∞ tiene sentido, pero n = ∞ no.
Cantor no sólo encontró una forma de encontrarle un sentido real y demostró que existen diferentes órdenes de infinito.
Gracias a esto, pudo explicar y resolver las paradojas de Zenón que fueron una plaga de las matemáticas por más de 2,500 años.
Antes de Cantor el infinito era un concepto vago, después de el, las matemáticas, los números racionales, los números cardinales y todos los juegos de datos no se pueden concebir sin el concepto de infinito.
Georg Cantor nació el 3 de marzo de 1845 en San Petersburgo, Rusia. De padres judío-aleman, pero ambos son cristianos. Su padre era protestante y su madre católica.
Fué un matemático brillante, pero envidiado, al punto de que cuando se abrió la posibilidad de una plaza como profesor de la Universidad de Berlín, un grupo de matemáticos influyentes, entre ellos Leopold Kronecker, lograron impedir que se le diera el  nombramiento.
Tanto rechazo, odio y críticas de propios y ajenos por fin lo orillaron a que en sus cuarenta se alejara de la cátedra y muriera de crisis nerviosa en una manicomio de Halle, Alemania en 1918.

CantorCantor revolucionó las bases de la matemática tradicional al crear la teoría de conjuntos buscando una explicación al infinito.

Esta teoría hoy se considera tan fundamental que raya en lo obvio, pero cuando lo introdujo fue polémico y revolucionario.

No hay teoría matemática que no se apoye en la teoría de los conjuntos. Es inclusive una materia obligatoria de niños de primaria antes de entrar de lleno a las operaciones y la aritmética.

Cantor fue tachado de hereje, loco y digno de no ser escuchado (lo que le trajo problemas depresivos y crisis nerviosas muy serias), sin embargo él tenía la convicción de que estaba descubriendo algo muy importante y dedicó su vida y sacrificios a ello.

El elemento de controversia se centró en el problema de si el infinito puede alcanzarse.

Antes de Cantor, la opinión general era que el infinito como una realidad no tenía sentido, sólo se podría hablar de una variable cada vez mayor sin que la variable llegara al infinito.

Es decir, se consideró que n → ∞ tiene sentido, pero n = ∞ no.

Cantor no sólo encontró una forma de encontrarle un sentido real, sino que demostró que existen diferentes órdenes o “niveles” de infinito.

Gracias a esto, pudo explicar y resolver las paradojas de Zenón que fueron una plaga de las matemáticas por más de 2,500 años.

Antes de Cantor el infinito era un concepto vago, después de el, las matemáticas, los números racionales, los números cardinales y todos los juegos de datos no se pueden concebir sin el concepto del infinito.

Georg Cantor nació el 3 de marzo de 1845 en San Petersburgo, Rusia.

Fué un matemático brillante, pero envidiado, al punto de que cuando se abrió la posibilidad de una plaza como profesor de la Universidad de Berlín, un grupo de matemáticos influyentes, entre ellos Leopold Kronecker, lograron impedir que se le diera el  nombramiento.

Tanto rechazo, odio y críticas de propios y ajenos por fin lo orillaron a que en sus cuarentas se alejara de la cátedra y muriera de crisis nerviosa en una manicomio de Halle, Alemania en 1918.

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